Las hormigas león (familia: Myrmeleontidae) son famosas principalmente por su bizarra etapa larvaria. Para capturar a sus presas, la larva de hormiga león cava una fosa cónica y empinada en la arena suelta y se entierra en el fondo. Dado que son físicamente incapaces de avanzar hacia adelante, deben arrastrarse hacia atrás en círculos, lanzando la tierra hacia arriba para excavar sus trampas en forma de embudo. Si una desafortunada hormiga resbala e intenta escapar, la larva arroja arena rápidamente contra las paredes del foso para provocar desprendimientos de la arena, derribando a la presa directo hacia sus enormes mandíbulas. Luego, inyectan a su captura un veneno paralizante y enzimas digestivas; una vez que el interior de la hormiga se licúa, la larva succiona los fluidos y expulsa el caparazón vacío fuera del foso. Curiosamente, estas ninfas carecen de ano y no excretan desechos sólidos, almacenando todos los subproductos metabólicos internamente durante todo su desarrollo. Si la comida escasea, pueden prolongar esta fase larvaria depredadora hasta por tres años. Tras la metamorfiosis, emergen como elegantes y grandes insectos de alas transparentes reticuladas que se alimentan de néctar y buscan pareja. Me crucé con un magnífico ejemplar adulto de hormiga león —de unos impresionantes 5 a 6 cm de longitud— cuando aterrizó en un pequeño arbusto junto a una soleada playa portuguesa.

