Les presento a la avispa de bandas amarillas (Polybia occidentalis), conocida por los lugareños como camoati, una especie socialmente avanzada que se encuentra por Centro y Sudamérica. Me topé con su nido colgando de un árbol en el bosque protegido La Perla, un precioso vestigio del bosque primigenio que en tiempos antiguos cubría toda la costa de Ecuador. Sus nidos son verdaderas maravillas arquitectónicas: fortalezas ultraligeras pero increíblemente complejas y de múltiples capas, construidas con pulpa de madera masticada y agua. En su interior, varios panales apilados están envueltos en una cubierta protectora de papel aislante. Pero su verdadero genio radica en sus protocolos de emergencia. Si un depredador o una tormenta brutal destruye su hogar, el enjambre desplazado se agrupa en el follaje cercano. Para iniciar la mudanza, las avispas exploradoras que han encontrado un nuevo terreno se comunican con el enjambre inactivo chocando violentamente contra ellos; un empujón físico que escala hasta que toda la colonia levanta el vuelo, siguiendo un rastro de olor hacia su nuevo hogar. ¿Y si te atreves a amenazar esa casa? Desatan un frenesí defensivo aterrador y sincronizado: toda la colonia se despliega en las paredes exteriores, levanta sus alas y mira hacia afuera. Al hacer vibrar sus alas violentamente al unísono, pueden atomizar y esparcir colectivamente su veneno en el aire, abrumando por completo a un depredador en estado de shock.





